Susana sí, Pedro tampoco

Susana Díaz y Pedro Sánchez participan el próximo lunes en un acto en Granada

Dicen los veteranos que nunca, desde el pulso entre guerristas y renovadores de finales de los 80, el PSOE había estado tan dividido ni se había enfrentado a una situación tan crítica. Con el agravante, nada banal, de que entonces el partido ocupaba el Gobierno de España y contaba con el apoyo de más de nueve millones de votos. Hoy, las sucesivas debacles electorales desde el año 2011 y una guerra interna que se prevé sangrienta amenazan con conducir al partido, no a un fin de época, sino como hace un tiempo escuché decir con pesadumbre a una destacada personalidad socialista, a un “fin de historia”.

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¿Nos hemos perdido algo en el escándalo Soria?

Hay quien cree en los Reyes Magos, hay quien cree en los gnomos, hay quien cree en las casualidades y hay quien cree que en el PP es normal que se produzcan rebeliones internas espontáneas en contra de una decisión avalada por Mariano Rajoy. Si me preguntan a mí, yo sólo creo en los Reyes Magos (y no en todos). Así que permítanme que, con razón o sin ella, levante una ceja ante la insólita cascada de críticas desatada estos días entre algunos dirigentes del PP a cuenta del retiro de oro en el Banco Mundial que el Gobierno había buscado para el ex ministro Soria, implicado en el caso de los papeles de Panamá. Una polémica que ha acabado con la renuncia del ex ministro al puesto, anunciada este martes.

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¿La vida sigue?

Fueron apenas unos segundos dentro de la intensa cobertura televisiva del salvaje atentado de Niza. Las cámaras habían regresado a la Promenade des Anglais, el paseo marítimo por donde el fantasmal camión blanco, verdadero diablo sobre ruedas, había arrollado a la multitud menos de 24 horas antes. En el escenario del terror, con el rastro de la tragedia iluminado por la suave la luz de la costa azul, el reportero tomaba unas declaraciones a un joven turista, gorra con visera, gafas de sol, a punto de bajar a la playa. “Tenemos que seguir con nuestras vidas -venía a decir el entrevistado-, es el mejor mensaje que podemos enviar a los terroristas, que sepan que no pueden con nosotros, que no pueden condicionarnos”.

Recordé en ese momento los días posteriores al 11-S en Nueva York, cuando las salas de Broadway decidieron abrir sus puertas fieles al dicho teatral de que “el espectáculo debe continuar”. Recordé las famosas fotografías del Londres bombardeado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, aquellas en las que un lechero depositaba diligentemente la botella frente a la puerta de un edificio casi en ruinas, o en la que un grupo de hombres con sombrero buceaba con parsimonia entre los libros de una biblioteca con el techo reventado por las bombas, entre montañas de escombros.

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EFE

Mujeres difíciles al poder

¿Quién es Theresa May, que ayer tomó posesión como primera ministra británica y a la que ya han bautizado -originalidad ante todo- como la nueva “Dama de Hierro” tras Margaret Thatcher? Si nos fiamos de lo que están contando a la prensa sus conocidos, amigos, adversarios y compañeros de partido, Theresa May es una mujer “diligente”, “muy trabajadora” y “muy preparada”, aunque “no demasiado creativa”. Es también una mujer “reservada” que puede a menudo parecer “fría” y “distante” hasta haberse ganado entre algunos el apodo de “Reina de Hielo de Westminster“. “No es fácil trabajar con ella”, resume un colega al referirse a su carácter fuerte, mientras otros la califican de “dura”, “terca”, “autoritaria” o incluso “manipuladora”. Un antiguo dirigente conservador, en un desliz ante un micrófono encendido, no se ha andado con rodeos: “Es una mujer endemoniadamente difícil“, ha dicho. Caray con Theresa. Sabe hacer amigos.

Ahora trate el lector de hacer un ejercicio: regrese al párrafo anterior y pruebe a sustituir el nombre de Theresa May por el de Hillary Clinton, Angela Merkel, Dilma Rousseff, Christine Lagarde, Condoleeza Rice, Madeleine Albright, o la propia Margaret Thatcher. ¿A que le suena haber oído lo mismo de ellas? La conclusión es chocante. Una de dos: o todas las mujeres poderosas son iguales, o a todas las mujeres poderosas las vemos igual. Las dos opciones, claro, igualmente inquietantes. Preguntémonos, ¿es que no hay más adjetivos en el diccionario para describir el liderazgo femenino? ¿Por qué parece que se juzga a los hombres por sus acciones y a las mujeres por su carácter? ¿No sonaría ridículo e inverosimil que describiéramos con las mismas palabras a Vladimir Putin y Pepe Mugica, a Obama y Kim Jong Un, a Donald Trump y a Nelson Mandela?

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Paremos un poco

Carteles de los partidos políticos para la campaña electoral.

Foto: EFE

Depositado el voto, vaciadas las urnas, fregados los colegios electorales, enrolladas las pancartas, lamidas las heridas, quizá ha llegado el momento de parar un poco. De detenerse a pensar. De hacer recuento. De respirar. Dos años y medio de campaña electoral constante, impenitente, machacona, deberían ser suficientes. Quien pueda sumar 176 votos en el Congreso, que sea presidente. Quien no, que acepte su papel en la oposición. Para unos y otros, toca poner en pausa el tiempo de los eslóganes, de las sonrisas, de los gatos y de las flores, del non-stop de tertulias, de los vídeos virales, de encuestas de mentira, del troleo en twitter, de este ruido cada vez más hueco y superficial que tal vez dispara el share pero que ha conseguido que hasta los que siempre hemos disfrutado del juego de la política nos sintamos empachados.

Creo que todos necesitamos un respiro. No es soportable, ni siquiera sano, vivir en este estado de movilización constante, de sobresalto tras sobresalto, de enfado tras enfado. También los partidos necesitan bajar el balón al suelo. Hacer balance, repensar estrategias, definir nuevas formas de trabajo y de negociación en un escenario muy fragmentado en el que ninguno tiene experiencia previa. Es el momento de ir un poco más despacio, de mirarse al espejo, de recomponerse.

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¿Cómo le gustan los huevos a Pablo Iglesias?

Imagen de la película 'Novia a la fuga'

“¿Cómo le gustan los huevos?”, preguntaba Richard Gere a los ex prometidos de Julia Roberts en la comedia romántica Novia a la fuga. “Escalfados, como a mí”, decía uno. “Revueltos, como a mí”, afirmaba con seguridad el otro. “En tortilla, como a mí”, replicaba un tercero. Si el personaje interpretado por Roberts conquistaba a todos no era por ninguna cualidad concreta que todos adorasen de manera unánime. Más bien, el secreto de su éxito era justo el contrario: saber reflejar, como un espejo, todos los deseos y expectativas de su pareja de turno. Cada uno de ellos estaba convencido de que su chica era exactamente igual que ellos. Tal vez, hasta ella lo pensaba también, según el momento.

Si saliéramos a la calle y preguntáramos a los votantes de Podemos: ¿Quién es Pablo Iglesias?, quizá nos encontraríamos con respuestas parecidas. “Comunista, como yo”, “anticapitalista, como yo”, “socialdemócrata, como yo”, “chavista, como yo”, “independentista, como yo”, “patriota, como yo”, “feminista, como yo”, “macho alfa, como yo”, “defensor del derecho a llevar armas, como yo”.

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Justos y pecadores

La juez pide a Pedraz información del posible delito de Manos Limpias en los ERE

La jueza del caso ERE. Foto:  EFE

Durante los seis años que viví en Marruecos con mi madre y mis hermanas, era habitual que cada cierto tiempo cruzáramos la frontera con Ceuta para realizar trámites, hacer compras o tomar el ferry con destino a la península. El Tarajal era, lo sigue siendo, un paso complicado, más aún en aquéllos primeros 80. Recuerdo a mi madre conducir nerviosa hacia la barrera, con las cuatro niñas adormiladas en el asiento de atrás, temiendo que cualquier problema burocrático o un mal día de los gendarmes pudiera acabar en interminables papeleos y preguntas.

“Todo está en regla”, parecía decirse mentalmente, repasando los pasaportes, formularios y mercancías que llevábamos en el maletero, volviéndose a asegurar de que no había nada que pudiera hacer saltar las alarmas en la aduana. “Todo está en regla”, se repetía. Y cada vez, al tocar nuestro turno en la cola, mi madre parecía encogerse tras el volante y miraba al guardia con una expresión tal de temor y culpabilidad que durante años me he preguntado cómo es posible que no nos desmontaran el coche veinte veces en busca de drogas o artículos de contrabando.

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