Todas las mujeres

 

Publicado originalmente en eldiario.es, blog Desde el Sur

Una, utilizada por un famoso psiquiatra en el momento más vulnerable de su vida. Otra, abusada por su ginecólogo estando embarazada. La tercera tuvo que dejar su trabajo, e irse al paro, para dejar de sufrir el acoso sexual y laboral del jefe encantador que la convenció de que fichara por su empresa. La cuarta aún recuerda lo sufrido en su infancia y aquel hombre que la manoseó durante las fiestas del pueblo. La quinta tuvo que salir de su casa a la carrera y refugiarse en un centro de acogida. La sexta fue asaltada mientras estaba de vacaciones. La séptima se libró por los pelos y durante mucho tiempo guardó en el bolso un spray antivioladores. La octava aún está averiguando cómo bloquear a su ex, que la atosiga a llamadas, mensajes, emails y se presenta sin avisar en su portal. La novena se quedó petrificada cuando el cerrajero que acababa de forzar su puerta le sugirió que pagara con sexo. La décima se siente con suerte, todo lo que puede recordar son imágenes de hombres frotándose contra ella en el autobús. Entonces ni siquiera sabía que eso podía ser delito.

Completar este listado no ha necesitado tirar de google. Ni de hemeroteca. Ni de teléfono. No he tenido que ir muy lejos para conocer estas historias. No hay que alejarse mucho, ni asomarse a ningún telediario o crónica de sucesos para encontrar relatos parecidos a estos. Les ocurren a todas (casi todas) las mujeres. Y no hablo de casos de micromachismo, de discriminación laboral o de sexismo en las relaciones sociales, sobre los que queda tanto por discutir. Hablo de situaciones de violencia. ¿No me crees? ¿Te parece que exagero? Haz la prueba. Haz memoria. Pregunta a tu alrededor.

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Un día sin nosotras

No sé si esto valdrá para algo, me digo al levantarme mientras revuelvo en los cajones en busca de una camiseta o un jersey rojo. Hoy, 8 de marzo, plataformas feministas de todo el mundo han convocado una huelga bajo el lema #adaywithoutawoman. Durante el día de hoy se llama a las mujeres a no trabajar, no consumir, no hacer tareas domésticas y vestir de rojo para reivindicar la igualdad. La protesta ha partido desde Argentina y rápidamente ha sido replicada en muchos países, con mucha fuerza en Estados Unidos, donde el movimiento #WomensMarch se ha convertido en uno de los frentes más potentes ante las políticas de Donald Trump.

No sé si valdrá de algo, me repito, teniendo en cuenta que soy autónoma, tengo el frigorífico lleno, poco más que un par de gatos que cuidar y además sigo sin encontrar el dichoso jersey.

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Trump, ¿el salvador de la prensa?

La guerra declarada por Donald Trump contra los medios puede ser “el mejor regalo para el periodismo”, dice la prestigiosa web norteamericana politico.com. “¿Puede Trump hacer el periodismo grande de nuevo?”, apunta por su parte el diario británico The Spectator. Quizá tú, lector, tengas la tentación de preguntarte, cual ministro sueco, qué se han fumado estos articulistas que parecen aplaudir las maneras dictatoriales del nuevo presidente norteamericano. Por qué no tiemblan ante la perspectiva de un mandato plagado, como la campaña electoral, de mentiras flagrantes, hechos alternativos y ataques frontales a la libertad de prensa.

Y sin embargo, puede que tengan razón (o no). Después de años de declive económico, de fuga de lectores, de recortes y despidos, de ensayar todas las fórmulas (im)posibles para ser rentables, los medios parecen haber encontrado, como decía el personaje de Oskar Schindler en la película de Spielberg, la clave que separa el éxito y el fracaso: la guerra.

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Déjame jugar contigo, Donald

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Los expertos en psicología lo denominan “el triángulo del bullying”: los tres perfiles sobre los que se sostiene una situación de acoso. Está el acosador, está la víctima, y están los testigos. A primera vista estos últimos pueden parecer una figura menor en la historia, pero son en realidad la pieza maestra sin la cual el engranaje de la violencia no podría seguir en movimiento. Los psicólogos distinguen entre espectadores activos o reforzadores, que son los que jalean al abusón, le ríen las gracias, le justifican y en ocasiones pueden incluso imitar sus acciones. Y están los espectadores pasivos o ajenos, que observan, callan, se dan excusas para no actuar. Unas veces, por miedo a ponerse en la diana. Otras, porque la pertenencia al club de los fuertes les ofrece ventajas a las que no desean renunciar.

En su relación con el Bush de las armas de destrucción masiva, la ‘Patriotic Act’ y la apocalíptica invasión de Irak, José María Aznar se comportó como los primeros. Maravillado de ver sus propios zapatos sobre la mesa de los jefes, apoyó una guerra ilegal, propagó sin empacho la mentira de las armas y autorizó el paso por España de presos camino de Guantánamo. Todo para sentir sobre su hombro la mano de un Bush al que ahora algunos empiezan a recordar con inquietante ternura (lo cual demuestra que la historia se reescribe cada minuto y que no hay refrán más cierto que aquel que dice que “alguien llegará que bueno te hará”).

Mariano Rajoy, ya lo sabemos, no se parece Aznar. Pero el presidente también parece desear un hueco en la nueva foto de las Azores, aunque sea en una esquinita, aunque no sea esta vez su flequillo el que despeine el viento. Al menos eso puede interpretarse de su medrosa llamada telefónica de esta semana a un matón político como es Donald Trump.

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CalendariA

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“Aberración”. “Degeneración”. “Vergüenza”. “Insultante”. “Lamentable”. “Retrógrado”. “Extremista”. “Incita a la violencia”. “Si la Fiscalía se querella, yo lo aplaudo”. “¿A esta hora aún no ha sido cesado el responsable?”. “Hay que estar enfermo”. “Estamos volviéndonos locos”. “Me da asco, no sé decirlo de otra manera”.

Estos que estás leyendo son comentarios reales, de personas reales, aparecidos en los últimos días en redes sociales, blogs, artículos de prensa y tertulias de opinión. ¿Hablaban tal vez del caso de abusos sexuales en la Universidad de Sevilla? ¿De la corrupción? ¿Del muro de Trump? ¿De los refugiados que se congelan en Lesbos? ¿Del último atentado del ISIS?  No, no. Hablaban del  Calendaria, el almanaque de 2017 publicado por la Universidad de Granada, en el que para llamar la atención sobre la desigualdad de las mujeres se les ha ocurrido rebautizar los meses del año en femenino: enera, febrera…

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Caso cerrado, caso abierto

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¿Han obtenido justicia las tres mujeres víctimas de abusos sexuales sistemáticos a manos del ex decano de la Facultad de Educación?  La sentencia conocida esta semana, casi siete años de cárcel, debería hacernos pensar que sí.  La decisión de la Universidad de Sevilla de suspenderlo cautelarmente de sus funciones una vez conocido el fallo, se supone que también. Pero no. Qué va. Ni mucho menos. Los detalles que vamos conociendo del caso, desde que empezaron a cometerse los abusos hasta hoy, más de una década después, provocan más dudas, estremecimientos y rabia. Mucha rabia.

¿Han hecho el juez, la Universidad, la Facultad, todo lo que podían para proteger a estas mujeres durante este tiempo? Muchos elementos apuntan a que no. No del todo, al menos. Pero la opción contraria, que todo fue correcto, es si cabe más dolorosa.

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Donde más duele

Publicado en eldiario.es

Para muchos, el esperado mitin de Susana Díaz y José Luis Rodríguez Zapatero de este viernes en Jaén  tiene el morbo de ser el (penúltimo) pistoletazo de salida en la carrera por el poder en el PSOE. Frente a los eventos bastante descafeinados de  Pedro Sánchez en Valencia y Asturias, y la relativamente modesta demostración de los críticos ayer en Sevilla, el partido ha preparado en esta ocasión un baño de militancia. El eslógan: los diez años de la aprobación de la Ley de Dependencia, un hito histórico que sirve también a la presidenta andaluza para retomar la iniciativa en un terreno, el de las políticas sociales, que seguramente nunca habría imaginado que pudiera convertirse en uno de sus flancos débiles.

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