No podemos pasar ni una

Publicada en eldiario.es

Le cuento a un amigo que estoy escribiendo esta columna, y que quiero titularla “una pequeña historia de acoso”, pero me corrige. Opina, y me convence, que hay pocas historias pequeñas en la violencia contra las mujeres. Y que si las hay, pueden ser tan importantes como las grandes, porque esos casos aparentemente menores, que tan rápidamente despachamos en la conversación pública, son el hilo con que se teje esa borrosa telaraña de miedos, vergüenza y falta de libertad que acompaña a la mayoría de mujeres en nuestro día a día.

Cuesta hablar de una misma, pero no cuesta nada hablar la mujer que es la verdadera protagonista de esta historia. La cajera del supermercado del barrio que hace unos días me abordó de sopetón, en el pasillo de los refrescos, para contarme que me ha reconocido por los vídeos de seguridad de la tienda. Las grabaciones en las que han descubierto que una tarde, hace ya varios meses, un hombre desconocido estuvo siguiéndome. Con su delantal negro, las zapatillas cómodas de quien se pasa el día de pie, la mirada firme, me explica que en las imágenes se le ve fingiendo hablar por teléfono mientras sigue todos mis movimientos, tratando de rozarse conmigo cada vez que, sin percatarme de nada, le doy la espalda.

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Todas las muertes de Ilham y Souad

Ilham y Souad no han muerto en un accidente. No han sido víctimas de la fatalidad. Las dos porteadoras marroquíes que han perdido la vida esta semana en el paso del Tarajal, en Ceuta, no han tenido un golpe de mala suerte. Nadie que conozca un poco ese lugar puede pensarlo. Nadie que haya visto la indignidad de una frontera que convierte a estas trabajadoras, apodadas “mulas”, en eso, en simple ganado.

Durante mis años en Marruecos pasé decenas de veces por allí y no se me borra la imagen insoportable de estas mujeres dobladas por el peso de los fardos de mercancías que transportan. Verlas moverse en masa, empujadas, agredidas, humilladas, por la policía de uno y otro lado. Sometidas a interminables esperas al sol, bajo la lluvia o expuestas al frío. Sin agua, sin baños, sin ningún tipo de servicio. Recuerdo preguntarle a mi madre, mientras esperábamos en el coche a que se abriera la barrera, por qué eran tan estrechos esos pasillos de metal y alambre por donde tenían que desfilar apretujadamente. Qué hacían mujeres tan mayores con cargas tan pesadas. Por qué nadie las ayudaba.

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¿La gran trama andaluza o un gigantesco castillo de naipes?

Publicado originalmente en eldiario.es

La principal clave del juicio de los ERE que esta semana ha comenzado en la Audiencia de Sevilla no está en la mala gestión, algo bastante evidente, que se hizo de los 855 millones de presupuesto destinado a ayudar a empresas en crisis. No está en los intrusos alguien coló para que cobraran un dinero que no les correspondía. No está en las facturas, seguramente infladas, de las aseguradoras e intermediarios que participaron en las prejubilaciones. Ni siquiera está en la cocaína que compartían el ex director de Empleo y su chófer en sus noches de parranda.

La auténtica clave del proceso que ha sentado en el banquillo a dos ex presidentes de la Junta y a veinte ex altos cargos es un poco más compleja. Consiste en demostrar que todas esas irregularidades, que pocos pueden ya negar, ocurrieron porque una trama política ideó, diseñó y ejecutó un sistema pensado específicamente para hacerlas posibles. Porque una organización, asentada en la cúspide de la pirámide del poder en Andalucía, retorció a sabiendas la ley, dinamitó los controles y burló repetidamente al Parlamento. Una maquinaria perfecta, sostenida en la sombra durante más de una década y a la que a lo largo de los años se fueron incorporando nuevos actores, conscientes de que lo que hacían era ilegal. Y todo ello, hay que recordarlo, sin que ni Chaves ni Griñán ni la gran mayoría de implicados se llevara (nadie les acusa) un euro a su propio bolsillo ni a las arcas del partido.

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En la cárcel, como en ningún sitio

Publicado originalmente en eldiario.es

Lo peor no es que sea ilegal, que lo es, haber encerrado a 700 inmigrantes en la cárcel Málaga II, aunque el Tribunal Constitucional ha dejado claro que los centros de internamiento para extranjeros no pueden tener “carácter penitenciario”.

Lo peor no es la frivolidad con la que Juan Ignacio Zoido ha defendido las virtudes de la prisión: “Nueva a estrenar”, ha presumido como si en lugar de ministro del Interior fuera el comercial de una inmobiliaria. O ese vídeo de presentación del futuro CIE de Algeciras, un auténtico ejemplo de photoshoppolítico para acallar la tormenta mediática al que sólo le falta retratar a inmigrantes jugando al padel o tocando la guitarra.

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Veto a los anuncios de sexo: bien, pero tarde

Publicado originalmente en eldiario.es

La presidenta de  la Junta de Andalucía acaba de anunciar que no insertará publicidad, ni firmará contratos, ni dará subvenciones a los medios de comunicación que publiquen anuncios de prostitución, por atentar contra la dignidad de las mujeres.

Quizá a ti, lector, te puede parecer que este tipo de avisos por palabras son cosa del pasado, caspa de los ochenta, residuos de las mamachicho, pero la realidad es que grupos muy importantes de comunicación continúan a día de hoy captando ingresos a través de esta actividad. Anuncios clasificados bajo la etiqueta de “contactos”, “relax” o “masajes” tras los que se esconden incontables casos de violación, trata de personas, secuestro, explotación y abusos.

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Por qué ha fallado la justicia en el caso Criado y por qué ha fallado el Colegio de Médicos

Publicado originalmente en eldiario.es

Antes de que me digáis nada, ya sé que la mayoría de denuncias por abuso sexual contra Javier Criado, el llamado psiquiatra de la jet sevillana, ha prescrito. Salvo en un caso, y es el menos grave de todos, han pasado más de diez años -el límite legal- desde los terribles hechos denunciados por 32 mujeres. Repito. Treinta y dos mujeres que, sin conocerse previamente de nada, han dado testimonios asombrosamente coincidentes sobre lo que pasaba en aquel despacho cuando se echaba el pestillo. Los abusos, la manipulación, el dominio, el sometimiento químico, la anulación.

Treinta y dos mujeres que han dado también testimonios significativamente idénticos sobre por qué tardaron tantos años en denunciar: el miedo, el temor a nos ser creídas, la vergüenza, la presión social, la incomprensión familiar, las propias dudas. Treinta y dos mujeres cuyo testimonio, por su contundencia, hizo que la propia Fiscalía, forzada por la ley a pedir la prescripción, no ocultara su opinión de que había “ serios indicios de culpabilidad” en el caso.

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Hombres: #youtoo

Publicado originalmente en eldiario.es

Durante los últimos días, a raíz de destaparse el caso Weinstein, el todopoderoso productor de Hollywood acusado de acosar, abusar y violar a decenas de actrices en las últimas décadas, se ha desatado en las redes sociales una campaña que ha tenido un rápido impacto. Seguramente lo hayais visto. Bajo el hashtag #metoo, decenas, cientos, miles de mujeres están haciendo visible lo generalizado que está está el acoso y la violencia sexual. Te llames Angelina Jolie o seas esa trabajadora corriente a la que llaman a horas raras al despacho o recibe mensajes improcedentes. En lujosas habitaciones de hotel, tras la barra de una cafetería, en la esquina de la fotocopiadora.

A mí también me ha pasado, proclaman, en una campaña muy parecida a aquella #amitambien que puso en marcha con acierto este diario para denunciar el micromachismo. Hace unas semanas, en una de mis últimas columnas, retaba al lector a hacer la prueba: bastaba preguntar a las mujeres más cercanas para descubrir que todas, o casi todas, tenían alguna historia seria que contar. Y cómo ninguna, o casi ninguna, había encontrado la motivación para presentar una denuncia.

Y mientras muchas mujeres decimos “yo también”, mientras llenamos charlas y tertulias contra el machismo a las que solo nos invitan a nosotras, mientras compartimos campañas y llenamos nuestros muros de facebook con la denuncia del último asesinato, mientras nos damos calor y nos quitamos juntas el miedo, ¿qué hace la otra mitad de la sociedad? ¿Qué hacen los hombres?.

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