Un día sin nosotras

No sé si esto valdrá para algo, me digo al levantarme mientras revuelvo en los cajones en busca de una camiseta o un jersey rojo. Hoy, 8 de marzo, plataformas feministas de todo el mundo han convocado una huelga bajo el lema #adaywithoutawoman. Durante el día de hoy se llama a las mujeres a no trabajar, no consumir, no hacer tareas domésticas y vestir de rojo para reivindicar la igualdad. La protesta ha partido desde Argentina y rápidamente ha sido replicada en muchos países, con mucha fuerza en Estados Unidos, donde el movimiento #WomensMarch se ha convertido en uno de los frentes más potentes ante las políticas de Donald Trump.

No sé si valdrá de algo, me repito, teniendo en cuenta que soy autónoma, tengo el frigorífico lleno, poco más que un par de gatos que cuidar y además sigo sin encontrar el dichoso jersey.

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Trump, ¿el salvador de la prensa?

La guerra declarada por Donald Trump contra los medios puede ser “el mejor regalo para el periodismo”, dice la prestigiosa web norteamericana politico.com. “¿Puede Trump hacer el periodismo grande de nuevo?”, apunta por su parte el diario británico The Spectator. Quizá tú, lector, tengas la tentación de preguntarte, cual ministro sueco, qué se han fumado estos articulistas que parecen aplaudir las maneras dictatoriales del nuevo presidente norteamericano. Por qué no tiemblan ante la perspectiva de un mandato plagado, como la campaña electoral, de mentiras flagrantes, hechos alternativos y ataques frontales a la libertad de prensa.

Y sin embargo, puede que tengan razón (o no). Después de años de declive económico, de fuga de lectores, de recortes y despidos, de ensayar todas las fórmulas (im)posibles para ser rentables, los medios parecen haber encontrado, como decía el personaje de Oskar Schindler en la película de Spielberg, la clave que separa el éxito y el fracaso: la guerra.

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Déjame jugar contigo, Donald

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Los expertos en psicología lo denominan “el triángulo del bullying”: los tres perfiles sobre los que se sostiene una situación de acoso. Está el acosador, está la víctima, y están los testigos. A primera vista estos últimos pueden parecer una figura menor en la historia, pero son en realidad la pieza maestra sin la cual el engranaje de la violencia no podría seguir en movimiento. Los psicólogos distinguen entre espectadores activos o reforzadores, que son los que jalean al abusón, le ríen las gracias, le justifican y en ocasiones pueden incluso imitar sus acciones. Y están los espectadores pasivos o ajenos, que observan, callan, se dan excusas para no actuar. Unas veces, por miedo a ponerse en la diana. Otras, porque la pertenencia al club de los fuertes les ofrece ventajas a las que no desean renunciar.

En su relación con el Bush de las armas de destrucción masiva, la ‘Patriotic Act’ y la apocalíptica invasión de Irak, José María Aznar se comportó como los primeros. Maravillado de ver sus propios zapatos sobre la mesa de los jefes, apoyó una guerra ilegal, propagó sin empacho la mentira de las armas y autorizó el paso por España de presos camino de Guantánamo. Todo para sentir sobre su hombro la mano de un Bush al que ahora algunos empiezan a recordar con inquietante ternura (lo cual demuestra que la historia se reescribe cada minuto y que no hay refrán más cierto que aquel que dice que “alguien llegará que bueno te hará”).

Mariano Rajoy, ya lo sabemos, no se parece Aznar. Pero el presidente también parece desear un hueco en la nueva foto de las Azores, aunque sea en una esquinita, aunque no sea esta vez su flequillo el que despeine el viento. Al menos eso puede interpretarse de su medrosa llamada telefónica de esta semana a un matón político como es Donald Trump.

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CalendariA

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“Aberración”. “Degeneración”. “Vergüenza”. “Insultante”. “Lamentable”. “Retrógrado”. “Extremista”. “Incita a la violencia”. “Si la Fiscalía se querella, yo lo aplaudo”. “¿A esta hora aún no ha sido cesado el responsable?”. “Hay que estar enfermo”. “Estamos volviéndonos locos”. “Me da asco, no sé decirlo de otra manera”.

Estos que estás leyendo son comentarios reales, de personas reales, aparecidos en los últimos días en redes sociales, blogs, artículos de prensa y tertulias de opinión. ¿Hablaban tal vez del caso de abusos sexuales en la Universidad de Sevilla? ¿De la corrupción? ¿Del muro de Trump? ¿De los refugiados que se congelan en Lesbos? ¿Del último atentado del ISIS?  No, no. Hablaban del  Calendaria, el almanaque de 2017 publicado por la Universidad de Granada, en el que para llamar la atención sobre la desigualdad de las mujeres se les ha ocurrido rebautizar los meses del año en femenino: enera, febrera…

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Caso cerrado, caso abierto

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¿Han obtenido justicia las tres mujeres víctimas de abusos sexuales sistemáticos a manos del ex decano de la Facultad de Educación?  La sentencia conocida esta semana, casi siete años de cárcel, debería hacernos pensar que sí.  La decisión de la Universidad de Sevilla de suspenderlo cautelarmente de sus funciones una vez conocido el fallo, se supone que también. Pero no. Qué va. Ni mucho menos. Los detalles que vamos conociendo del caso, desde que empezaron a cometerse los abusos hasta hoy, más de una década después, provocan más dudas, estremecimientos y rabia. Mucha rabia.

¿Han hecho el juez, la Universidad, la Facultad, todo lo que podían para proteger a estas mujeres durante este tiempo? Muchos elementos apuntan a que no. No del todo, al menos. Pero la opción contraria, que todo fue correcto, es si cabe más dolorosa.

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Donde más duele

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Para muchos, el esperado mitin de Susana Díaz y José Luis Rodríguez Zapatero de este viernes en Jaén  tiene el morbo de ser el (penúltimo) pistoletazo de salida en la carrera por el poder en el PSOE. Frente a los eventos bastante descafeinados de  Pedro Sánchez en Valencia y Asturias, y la relativamente modesta demostración de los críticos ayer en Sevilla, el partido ha preparado en esta ocasión un baño de militancia. El eslógan: los diez años de la aprobación de la Ley de Dependencia, un hito histórico que sirve también a la presidenta andaluza para retomar la iniciativa en un terreno, el de las políticas sociales, que seguramente nunca habría imaginado que pudiera convertirse en uno de sus flancos débiles.

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Susana sí, Pedro tampoco

Susana Díaz y Pedro Sánchez participan el próximo lunes en un acto en Granada

Dicen los veteranos que nunca, desde el pulso entre guerristas y renovadores de finales de los 80, el PSOE había estado tan dividido ni se había enfrentado a una situación tan crítica. Con el agravante, nada banal, de que entonces el partido ocupaba el Gobierno de España y contaba con el apoyo de más de nueve millones de votos. Hoy, las sucesivas debacles electorales desde el año 2011 y una guerra interna que se prevé sangrienta amenazan con conducir al partido, no a un fin de época, sino como hace un tiempo escuché decir con pesadumbre a una destacada personalidad socialista, a un “fin de historia”.

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