Categoría: General

Si te violan grita fuego

Protesta La Manada

Es imposible leer la sentencia de La Manada sin sentir un profundo estremecimiento de rabia, asco, dolor, mucho miedo. Imposible no verse a una misma atrapada en aquel cubículo y sentir cómo la angustia, la claustrofobia, el pánico suben como el vómito por la garganta. Lo que contienen las 371 páginas del fallo no es una película porno, como argumentó indecentemente la defensa: es una película de terror. Una pesadilla que línea a línea se hace cada vez más insoportable.

Es difícil, imposible leer el relato de hechos probados y entender cómo piensan los jueces que no fue una violación. Cómo pueden dar por bueno que la chica nunca consintió los hechos, que estaba acorralada por cinco hombres, sin capacidad de reacción ni escapatoria, usada como un objeto, humillada, y acabar concluyendo que no se produjo intimidación. Que no la crean cuando dice que entró en shock de puro pánico. Que no aceptaran las pruebas telefónicas de que La Manada había planeado esta agresión antes de llegar a Pamplona. Imposible comprender cómo puede aplicarse aquí el mismo delito de abuso que al tío que te mete mano en el autobús.

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Liderazgo en tiempos de ira

Nada habría sido más fácil para Nelson Mandela, cuando se convirtió en presidente de Sudáfrica, que dejarse llevar por quienes le pedían venganza contra la población blanca que había impuesto el apartheid. Si hubiera decretado la mano dura contra los antiguos opresores y despojarles de todo, la marea de apoyo popular habría sido probablemente arrolladora. Pero no. Mandela, que perdió media vida en la cárcel, intuyó el precipicio al que se asomaba el país, asumió el riesgo de defraudar a las masas y dio finalmente una histórica lección de liderazgo ante la sociedad sudafricana y ante el mundo.

Adolfo Suárez aprobó una amnistía que devolvió a sus casas a los presos políticos de la dictadura, legalizó por sorpresa el PCE y aprobó la primera ley el divorcio, sabiendo que con esas decisiones revolvía su propio avispero y se ponía en contra al Ejército, a todo el antiguo régimen, a muchos de sus compañeros de partido y a buena parte del país. Felipe González se jugó su futuro político con el referéndum de la OTAN, en el que forzó a su partido a un viraje doloroso que muchos no comprendieron. A Zapatero no sólo nadie le ha reconocido todavía su contribución al final de ETA, sino que cuando autorizó los contactos con la banda lo acusaron, desde la misma tribuna del Congreso, de traicionar a los muertos. Y acabó por rematar su harakiri y el del PSOE por muchos años cuando en 2010 -“cueste lo que cueste, me cueste lo que me cueste”- se vio anunciando recortes durísimos y radicalmente impopulares en un momento en el que la crisis económica nos asfixiaba.

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La igualdad de las pioneras

En la fotografía en blanco y negro que figura en su registro como diputada, y que a ella no le gusta demasiado, Ana María Ruiz-Tagle (Sevilla, 1944) lleva unas grandes gafas de pasta, el pelo oscuro, y parece dudar entre sonreír o mostrarse seria. La ficha la describe como “casada” y “abogada laboralista”. Así, por ese orden. Es julio de 1977 y esta abogada de 33 años, criada entre las cigarreras de la Fábrica de Tabacos que dirigía su padre, fundadora del primer despacho laboralista de Andalucía junto a Felipe González, acaba de hacer historia al convertirse en una de las 27 mujeres elegidas en las primeras Cortes de la recién nacida democracia.

Foto de Ana Ruiz Tagle en la ficha del Congreso

Son 21 diputadas y seis senadoras socialistas, comunistas, de la UCD, de CiU, de Alianza Popular, que en las imágenes de la época salpican aquí y allá, como pequeños puntos de luz, unos escaños ocupados abrumadoramente por los trajes y corbatas oscuros. Descubrirlas en aquellas primeras sesiones del Congreso y el Senado, entre 637 hombres, es un poco como buscar a Wally, y así se sentían ellas. “Éramos muy pocas las que estábamos tirando de ideas nuevas, nos sentíamos como las antiguas sufragistas“, recuerda Ruiz-Tagle, que está unas horas en Sevilla para acompañar a su amiga María Izquierdo, otra de las diputadas  constituyentes, que recibe un premio Meridiana de la Junta por su larga trayectoria en defensa de los derechos de la mujer.

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No podemos pasar ni una

Publicada en eldiario.es

Le cuento a un amigo que estoy escribiendo esta columna, y que quiero titularla “una pequeña historia de acoso”, pero me corrige. Opina, y me convence, que hay pocas historias pequeñas en la violencia contra las mujeres. Y que si las hay, pueden ser tan importantes como las grandes, porque esos casos aparentemente menores, que tan rápidamente despachamos en la conversación pública, son el hilo con que se teje esa borrosa telaraña de miedos, vergüenza y falta de libertad que acompaña a la mayoría de mujeres en nuestro día a día.

Cuesta hablar de una misma, pero no cuesta nada hablar la mujer que es la verdadera protagonista de esta historia. La cajera del supermercado del barrio que hace unos días me abordó de sopetón, en el pasillo de los refrescos, para contarme que me ha reconocido por los vídeos de seguridad de la tienda. Las grabaciones en las que han descubierto que una tarde, hace ya varios meses, un hombre desconocido estuvo siguiéndome. Con su delantal negro, las zapatillas cómodas de quien se pasa el día de pie, la mirada firme, me explica que en las imágenes se le ve fingiendo hablar por teléfono mientras sigue todos mis movimientos, tratando de rozarse conmigo cada vez que, sin percatarme de nada, le doy la espalda.

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Todas las muertes de Ilham y Souad

Ilham y Souad no han muerto en un accidente. No han sido víctimas de la fatalidad. Las dos porteadoras marroquíes que han perdido la vida esta semana en el paso del Tarajal, en Ceuta, no han tenido un golpe de mala suerte. Nadie que conozca un poco ese lugar puede pensarlo. Nadie que haya visto la indignidad de una frontera que convierte a estas trabajadoras, apodadas “mulas”, en eso, en simple ganado.

Durante mis años en Marruecos pasé decenas de veces por allí y no se me borra la imagen insoportable de estas mujeres dobladas por el peso de los fardos de mercancías que transportan. Verlas moverse en masa, empujadas, agredidas, humilladas, por la policía de uno y otro lado. Sometidas a interminables esperas al sol, bajo la lluvia o expuestas al frío. Sin agua, sin baños, sin ningún tipo de servicio. Recuerdo preguntarle a mi madre, mientras esperábamos en el coche a que se abriera la barrera, por qué eran tan estrechos esos pasillos de metal y alambre por donde tenían que desfilar apretujadamente. Qué hacían mujeres tan mayores con cargas tan pesadas. Por qué nadie las ayudaba.

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¿La gran trama andaluza o un gigantesco castillo de naipes?

Publicado originalmente en eldiario.es

La principal clave del juicio de los ERE que esta semana ha comenzado en la Audiencia de Sevilla no está en la mala gestión, algo bastante evidente, que se hizo de los 855 millones de presupuesto destinado a ayudar a empresas en crisis. No está en los intrusos alguien coló para que cobraran un dinero que no les correspondía. No está en las facturas, seguramente infladas, de las aseguradoras e intermediarios que participaron en las prejubilaciones. Ni siquiera está en la cocaína que compartían el ex director de Empleo y su chófer en sus noches de parranda.

La auténtica clave del proceso que ha sentado en el banquillo a dos ex presidentes de la Junta y a veinte ex altos cargos es un poco más compleja. Consiste en demostrar que todas esas irregularidades, que pocos pueden ya negar, ocurrieron porque una trama política ideó, diseñó y ejecutó un sistema pensado específicamente para hacerlas posibles. Porque una organización, asentada en la cúspide de la pirámide del poder en Andalucía, retorció a sabiendas la ley, dinamitó los controles y burló repetidamente al Parlamento. Una maquinaria perfecta, sostenida en la sombra durante más de una década y a la que a lo largo de los años se fueron incorporando nuevos actores, conscientes de que lo que hacían era ilegal. Y todo ello, hay que recordarlo, sin que ni Chaves ni Griñán ni la gran mayoría de implicados se llevara (nadie les acusa) un euro a su propio bolsillo ni a las arcas del partido.

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En la cárcel, como en ningún sitio

Publicado originalmente en eldiario.es

Lo peor no es que sea ilegal, que lo es, haber encerrado a 700 inmigrantes en la cárcel Málaga II, aunque el Tribunal Constitucional ha dejado claro que los centros de internamiento para extranjeros no pueden tener “carácter penitenciario”.

Lo peor no es la frivolidad con la que Juan Ignacio Zoido ha defendido las virtudes de la prisión: “Nueva a estrenar”, ha presumido como si en lugar de ministro del Interior fuera el comercial de una inmobiliaria. O ese vídeo de presentación del futuro CIE de Algeciras, un auténtico ejemplo de photoshoppolítico para acallar la tormenta mediática al que sólo le falta retratar a inmigrantes jugando al padel o tocando la guitarra.

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