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Trump, ¿el salvador de la prensa?

La guerra declarada por Donald Trump contra los medios puede ser “el mejor regalo para el periodismo”, dice la prestigiosa web norteamericana politico.com. “¿Puede Trump hacer el periodismo grande de nuevo?”, apunta por su parte el diario británico The Spectator. Quizá tú, lector, tengas la tentación de preguntarte, cual ministro sueco, qué se han fumado estos articulistas que parecen aplaudir las maneras dictatoriales del nuevo presidente norteamericano. Por qué no tiemblan ante la perspectiva de un mandato plagado, como la campaña electoral, de mentiras flagrantes, hechos alternativos y ataques frontales a la libertad de prensa.

Y sin embargo, puede que tengan razón (o no). Después de años de declive económico, de fuga de lectores, de recortes y despidos, de ensayar todas las fórmulas (im)posibles para ser rentables, los medios parecen haber encontrado, como decía el personaje de Oskar Schindler en la película de Spielberg, la clave que separa el éxito y el fracaso: la guerra.

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Polvorones americanos

“Obama sin teleprompter es menos Obama“, resume un amigo, analista político, para explicar una de las razones del fiasco de su primer debate electoral contra Romney. Puede ser verdad. Al presidente norteamericano se le veía perdido, apático, como un Sansón recién pelado frente a su contrincante, sorpresivamente dinánimo y despierto. La cabeza baja, demasiado pendiente de los papeles preparados por sus asesores, quizá con la mente en otra parte. El día después, queriendo arreglar tarde y mal los errores de estrategia cometidos, el candidato demócrata dijo que su vecino de estrado “no era el verdadero Mitt Romney”. Cierto. Tanto como que, en la tribuna opuesta, tampoco parecía estar el verdadero Obama, autor (o al menos talentoso intérprete) de alguno de los discursos políticos más recordados de la reciente historia norteamericana.

Sus enemigos lo llaman desde hace tiempo ‘teleprompter president’. Aquí somos un poco más llanotes y hablamos de políticos polvorón: si les quitas el papel, se desmoronan. Obama lleva cuatro años sin despegarse del aparatito, que le permite hilar parrafadas increíbles sin ni siquiera pestañear. Pero esa dependencia ha podido hacer que sus músculos dialécticos se ablanden. Y se notó en el debate, donde se le veía algo fofo, sin reflejos.

En nuestro país el uso de esta tecnología todavía está muy poco extendida. Salvo alguna ocasión especial como los mensajes televisados de fin de año, o Esperanza Aguirre en la Asamblea de Madrid, el cacharrito -también llamado autocue– apenas sale de los telediarios.

Personalmente, no estoy en contra de su uso. Sobre todo si la alternativa es que nuestros representantes públicos suban y bajen de la tribuna sin levantar ni una vez la nariz de sus apuntes, como se ve por desgracia con frecuencia entre muchos parlamentarios y más de un ministro. Leer en una pantalla permite mantener el contacto con el oyente, favorece la empatía y la conexión con la audiencia. Pero, como todo, hay que utilizarlo con prudencia y mesura. Ya hay caso de políticos a los que se les ha pillado tirando de esta chuleta para decir el “sí, juro” de su toma de posesión. Y muchos que no son capaces de reaccionar cuando el sistema falla. Le pasó al presidente electo de México, Enrique Peña Nieto, en esta entrevista con la CNN, en la que hace extrañísimas (y eternas) pausas en medio de sus respuestas, ante un presentador atónito.

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A Obama le ha hecho ya varias jugarretas, y ya circulan elaboradas parodias al respecto. En este mítin lo vemos pedir ayuda a su equipo con gestos nada sutiles tras fallar el aparato, incapaz de continuar su discurso sobre la reforma sanitaria.

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Los republicanos no han dudado en aprovechar estos traspiés para burlarse del presidente, pero su candidato, famoso ya por sus patinazos verbales, tampoco se ha librado de algún accidente. En esta intervención ante la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP), Romney utiliza una famosa reflexión de Martin Luther King. Al terminar, y con la misma solemnidad, declama: “end of quote” (fin de la cita).

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Pero no culpemos de estos fallos a la tecnología. La mayoría de las veces son, escrictamente, errores humanos. Cuando el político no tiene claro su mensaje, no se para un minuto a pensar en lo que va a decir y tira de papelito, la imagen que traslada al público es de flojera, falta de discurso propio, o ambas cosas. Da igual que la nota en cuestión sea impresa o en pantalla. Y si no, basta recordar a Rajoy y los problemas con su propia letra.

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Por supuesto, que Obama no tuviera su querido teleprompter no es el único motivo por el que Romney ganó esta primera batalla televisiva. Ha sido determinante la decisión estratégica del equipo de campaña demócrata de no emplear alguna de las armas más obvias contra el republicano: su famoso desprecio por el 47% de sus compatriotas, lo poquísimo que paga de impuestos, su tenebroso historial como tiburón de las finanzas. ¿Se lo guarda Obama para el segundo debate, previsto en Nueva York para el día 16? Posiblemente, pero está por ver si ha sido un acierto. Algunos corredores reservan sus energías para la última vuelta y les funciona. Nada más cinematográfico que un KO en el último round. Pero es una apuesta, y, como tal, también puede perderse.

Romney y las pitas, pitas

© Pep Carrió

Si Mitt Romney conociera a Esperanza Aguirre, el controvertido vídeo recién destapado en el que se le escucha, alto y claro, confesar su desprecio hacia los votantes más humildes no duraría los 1:07 minutos que están colgados en Youtube. Le habrían bastado tres segundos, lo que se tarda en decir “pitas, pitas, pitas“. O un escaso segundillo para soltar un “¡mamandurrias!”. Y quedarse tan ancho, como la ya ex presidenta madrileña cuando se trata de dar ayudas a los jornaleros andaluces, subsidios de emergencia para desempleados o cualquier tipo de subvención pública. Tal vez demasiado castizo para el estiradillo candidato republicano, que sin embargo comparte con la condesa de Murillo su indisimulada inclinación por los valores más derechistas dentro del ámbito conservador.

Al ex gobernador de Massachusetts el desparpajo mostrado ante una audiencia de donantes adinerados le puede terminar de costar su campaña, que ya andaba por otra parte bastante desnortada ante un Obama que mantiene inopinadamente su solidez en las encuestas. Y es que las palabras de Romney son un auténtico torpedo lanzado por él mismo a su mismísima línea de flotación (es decir, a sus mismísimos): consolidan su imagen de ricachón sin escrúpulos, que sólo siente desdén ante quienes considera parásitos sociales. Es decir, aquéllos que esperan (mire usted qué barbaridad), que el Estado ofrezca atención sanitaria, comida o un techo a quienes no tienen manera de lograrlo por sus medios. La verdad es que llamar aprovechados a nada menos que el 47% de los norteamericanos no demuestra, precisamente, la sensibilidad, sentido común y mucho menos la inteligencia política que se espera del inquilino de la Casa Blanca. De los votantes de Obama le faltó decir que son tontos de los cojones, aquella burrada del alcalde de Getafe.

Tal vez las insensatas declaraciones de Romney afiancen el cariño de sus seguidores del Tea Party, pero le alejan claramente de la victoria en las elecciones de noviembre. Las gracietas y salidas de tono de Esperanza Aguirre también divertían y jaleaban los ánimos de la ultraderecha española, y a la vez espoleaban a los electores de centro y de izquierdas en contra del PP. Hoy ese sector ultra del partido está cabreado con Mariano Rajoy casi tanto como lo estaba con ZP. La dimisión de la presidenta madrileña los ha dejado huérfanos dentro del partido, con el amodorrante Mayor Oreja como líder más reconocible. Algunos opinadores han dicho, y con cierta razón, que Rajoy se quita un peso de encima con la salida de escena de la lideresa, encantada de enmendarle la plana a la primera oportunidad. Pero tras ese primer respiro se esconde un peligro: que el Tea Party español pierda el ancla que le mantenía ligado al Partido Popular y caiga en la tentación de volar por su cuenta. Veremos.