¿La vida sigue?

Fueron apenas unos segundos dentro de la intensa cobertura televisiva del salvaje atentado de Niza. Las cámaras habían regresado a la Promenade des Anglais, el paseo marítimo por donde el fantasmal camión blanco, verdadero diablo sobre ruedas, había arrollado a la multitud menos de 24 horas antes. En el escenario del terror, con el rastro de la tragedia iluminado por la suave la luz de la costa azul, el reportero tomaba unas declaraciones a un joven turista, gorra con visera, gafas de sol, a punto de bajar a la playa. “Tenemos que seguir con nuestras vidas -venía a decir el entrevistado-, es el mejor mensaje que podemos enviar a los terroristas, que sepan que no pueden con nosotros, que no pueden condicionarnos”.

Recordé en ese momento los días posteriores al 11-S en Nueva York, cuando las salas de Broadway decidieron abrir sus puertas fieles al dicho teatral de que “el espectáculo debe continuar”. Recordé las famosas fotografías del Londres bombardeado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, aquellas en las que un lechero depositaba diligentemente la botella frente a la puerta de un edificio casi en ruinas, o en la que un grupo de hombres con sombrero buceaba con parsimonia entre los libros de una biblioteca con el techo reventado por las bombas, entre montañas de escombros.

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