Rajoy, mayo de 2010

© Pep Carrió

Cuando en mayo de 2010 Zapatero anunció el (entonces) mayor plan de recortes de la Democracia, casi toda la prensa, y también el propio presidente del Gobierno, fue consciente de que estaba certificando su suicidio político. Un harakiri público, bajo la luz de los focos, que ya había avanzado con aquello de “me cueste lo que me cueste”. Dos años y un rescate después, Rajoy se enfrenta al momento más crítico de la economía española desde el inicio de la crisis. Lo sabe y está muy preocupado en que se traslade esa imagen histórica de rendición ante Bruselas y los mercados. Y si esa imagen no puede ya evitarse, al menos quiere asegurarse de no salir en la foto, letal en términos políticos y electorales. Por eso mandó el sábado a De Guindos a poner la cara (y que se la partieran si no había más remedio). Pero no ha podido resistir la presión de las críticas y ha aceptado a regañadientes comparecer ante los medios para explicar el rescate de 100.000 millones de euros a la banca española, un ratito antes de volar a Polonia para ver el fútbol.

No es la primera vez. Hasta ahora, la estrategia de comunicación de Rajoy ha sido no comparecer, salvo que no hubiera más remedio y a rastras. Una estrategia (si lo es) que sólo sirve para dinamitar la imagen de hombre previsible de la que tanto presume, y sustituirla por la de un gobernante indeciso, temeroso, sin un plan claro. Al presidente del Gobierno le pasa como a los bebés: cree que tapándose los ojos ya nadie le puede ver. Pero ocurre al revés. Cuanto más intenta ocultarse, más queda en evidencia ante la opinión pública.

Los españoles están cada vez más irritados con un presidente que prometió “dar la cara y no esconderse” y que hace justo lo contrario. Pero parece que su equipo de comunicación ha hecho sus cálculos y creen que la alternativa sería aun peor, que la exposición pública lo va a achicharrar, menos de seis meses después de su investidura. Pero no parece que esté funcionando. Según la última encuesta publicada hoy, el 78% de los españoles no se fía de él.

Algo es verdad. A un político no le basta con salir o no salir a la palestra. También es imprescindible que tenga algo que decir. Y las palabras de Rajoy suenan cada vez más huecas y menos convincentes. Ha comparecido para decir, por un lado, que la operación es excelente para España y que forma parte de un “plan global”, aunque hasta horas antes el Gobierno había estado desmintiendo, con aire ofendido, que fuera a llevarse a cabo y hablaba de rumores maliciosos. Como Zapatero con la crisis, como él mismo con los “recortes”, Rajoy ha querido evitar la palabra “rescate” para calificar el acuerdo de “línea de crédito” sin apenas condiciones para España (¿o sea, gratis?). Y ha intentado incluso convencer a los periodistas de que nadie ha presionado al Gobierno español en Europa para aceptar la intervención de la banca. “El que he presionado he sido yo”.

Con la intervención del presidente se cierra una semana cargada de metáforas y juegos verbales. Siete días en los que nos han martilleado el cerebro con imágenes de precipicios, barcos que no naufragan, aviones que sobrepasan las turbulencias, senderos de rosas, lobos con colmillos y hombres de negro. Demasiadas palabras para tapar unos números que sí que son cada vez más negros, negrísimos. “La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita”, podrían defenderse los populares, remedando al cartero amigo de Pablo Neruda. Y vaya si la necesitan.

La metáfora es un recurso clásico del discurso político. Sirve para explicar lo complicado en términos sencillos. Pero no debería utilizarse para ocultar la verdad o para mentir directamente. Ya puestos, Rajoy podría haber dicho llanamente que “estamos en la UVI”, al estilo Lopera. O espetarle a Merkel cuando aprieta los tornillos a España y nos amenaza con mandarnos a los Supertacañones. “¡Ni que fuera yo Bin Laden!”. Ay, los hombres de negro. Bien podrían venir y apuntarnos con ese lapicero luminoso que borra la memoria. Así nos podríamos olvidar de esta crisis, aunque fuera por un ratito. O, si no puede ser, al menos de Rajoy y sus metáforas.

 

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