No pienses en un elefante

Hay armas que las carga el diablo. Lo sabíamos por el refrán. Por Fraga y Álvarez-Cascos, que estaban de cacería cuando el Prestige inundaba de chapapote las costas gallegas. Por el ministro Bermejo, forzado a dimitir tras participar en una montería junto al juez Garzón en plena investigación del caso Gurtel. Por el accidente de Froilán. ¿Y qué puede ser peor que dispararse en un pie? Pues pegarse un tiro también en el otro.

Fraga: “Estuve en la cacería cuatro horas y me volví sin comer. Lo que ocurre es que hay quien quiso convertirlo en una cacería contra mi persona inútilmente”.

Álvarez Cascos: “Yo pertenezco a un Gobierno y a un partido que no han organizado ningún grupo para secuestrar ciudadanos, para pegar tiros en la nuca y enterrar en cal viva…. Zapatero y  Polanco han puesto a los redactores de la Cadena SER a indagar sobre los hoteles en los que los miembros del Gobierno se alojan los fines de semana”.

Bermejo: “La cacería fue inoportuna, pero se ha manipulado un hecho neutro”.

El resultado de esta genial gestión de crisis en materia de comunicación ya lo conocemos. El PP perdió las elecciones en su histórico feudo gallego. Álvarez Cascos inició el descenso por la cuesta del olvido dentro del partido. Y el ministro de Justicia, que comenzó sacando pecho y dejándose ovacionar por los suyos en el Congreso al grito de “torero”, acabó saliendo del Gobierno por la puerta de atrás.

© Pep Carrió. www.pepcarrio.com

En el tenis se utiliza la expresión “error no forzado” para explicar un fallo del tenista que no está causado por la habilidad de su rival, sino precisamente por su propia torpeza. Un ejemplo clásico es la doble falta. Con todo a tu favor, la pifias. Y no una, sino dos veces.

La Casa Real ya demostró una evidente falta de reflejos en el caso Urdangarín. Cometieron todos los errores clásicos de los que hablan los manuales de comunicación. Empezaron escondiendo la cabeza bajo del ala. Ocultaron información relevante, para al mismo tiempo cuestionar lo publicado por los medios. Actuaron siempre a remolque de los acontecimientos. Y al final, bajo la presión creciente de la opinión pública, buscaron un arreglo muy a destiempo: renegar del yernísimo, calificar su conducta de “no ejemplar” y defender una justicia “igual para todos”. El Gobierno decidió hacer público, por primera vez, cuánto recibe la Casa Real de los Presupuestos: más de 8 millones de euros, pero sin apenas dar datos ni detalles, dejando así pasar la oportunidad de hacer un verdadero ejercicio de transparencia similar al de las grandes monarquías europeas.

Y cuando el vendaval de aquella tormenta no ha dejado todavía de arreciar, los accidentes del infante Froilán y el Monarca vuelven a provocar la indignación general y un auténtico incendio en las redes sociales. ¿Aprenderán de los errores cometidos?¿La polémica desatada es una anécdota, una tormenta pasajera, o signo evidente de una crisis profunda de reputación de la Casa Real? Ésta es la pregunta que necesitan responder de forma urgente sus responsables de Comunicación antes de que sea demasiado tarde.

En Zarzuela tienen que decidir si hacen caso a las voces que apuestan por aguantar el chaparrón en silencio, en la equivocada idea de que se trata de un trendic topic efímero que se olvidará en unos pocos días. Argumentan que la reputación real, fraguada al calor del 23-F, es imposible de derribar. Y quitan importancia a las redes sociales porque, dicen, son todavía una fuente marginal de opinión pública.

Es verdad que en Twitter o Facebook no participan todos los españoles. Pero tratar de reducir su poder de influencia en la sociedad española a su número de usuarios es como querer tapar el sol con un dedo. La crisis de la Monarquía española, dentro y fuera de internet, es un hecho ya innegable. Por eso la opción más arriesgada, pero también más inteligente, es tomar cartas (no marcadas) en el asunto y empezar a tomar decisiones de calado para mejorar la quizá irreparablemente dañada reputación de la Casa Real.

En cualquier caso, tengamos claro algo: no todo es comunicación. La imagen de una Monarquía anclada en el pasado, con un presupuesto desorbitado que sólo baja un 2% mientras el Gobierno recorta más de un 20% en Educación, no la puede arreglar ni uno ni cien dircom puestos en fila. Hacen falta decisiones políticas. Y rápido. Hasta que ese momento llegue, nadie podrá borrar de nuestras retinas la foto del elefante. Ese pobre Mitrofán con trompa.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s